12′ Southamerica – 06 Mid Argentina

Del Museo de Fangio a la puerta de la Patagonia

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Después de 3 dias acampando en La Posta del Viajero en Moto en Azul, decidí tomar un desvío en mi camino a la Patagonia para ir una ciudad que siempre me interesó conocer. Mar Del Plata. Desde azul hay que desviarse de la ruta 3 para tomar la 226 que cruza por Tandil. Si hubiera tenido más tiempo me hubiera detenido un par de días en Tandil, ciudad que no solo es famosa por sus embutidos sino por la belleza de las sierras en las que está enclavada. Al alejarse uno de la cordillera de los Andes que divide Chile y Argentina no es muy común encontrar paisajes con colinas, así que Tandil ofrece una belleza diferente y está muy cerca de la costa. Tandil tendrá que esperar.

La ruta 226 pasa por el costado de una ciudad llamada Balcarce, cuna de uno de los más grandes pilotos de todos los tiempos, Juan Manuel Fangio, esto se nota no solo por los multiples anuncios publicitarios del museo de la ciudad sino por los carteles que le piden a los conductores locales aplacar sus impulsos de pilotos fracasados en pos de la vida de los peatones. Al parecer la pasión por Fangio cultivó también muchos conductores tarados en Balcarce.

Para quienes no vivimos esas generaciones es difícil imaginarse cuán grande fue Juan Manuel Fangio, no fue solamente un corredor que llegó a las grandes ligas del automovilismo, fue un genio que surgió y brilló por muchos años con un talento de esos que sólo se dan una o dos veces por generación. Fue un piloto cuya temeridad como conductor solo fue comparable por sus grandes cualidades humanas, influenció no solamente a su país sino que fue el ídolo de millones de personas alrededor del mundo, en una época muy diferente a la actual, donde los pilotos hacían la diferencia en una proporción mucho más grande que ahora.

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Mar del Plata es una ciudad particular e interesante. Conserva una mezcla entre el esplendor glomoroso de otra época con el ajetreo de un balneario popular. Los dias grises que me tocaron estando allí fueron perfectos porque pude ver ese matiz nostálgico influenciado por el frio de sus aguas incluso en los meses calurosos, muy diferente a lo que sería un balneario tropical. En verano Mar de Plata se vuelve una ciudad vibrante, llena de turistas extra bronceados que no se diferencian de los locales, las calles viven atestadas igual que los bares y restaurantes. Si bien conserva semejanzas con Buenos Aires el ambiente es más relajado y el mar le da un caracter muy especial, y como mayor ventaja sobre Buenos Aires, en el verano no hace tanto calor. Es entendible porque tantos porteños vienen a escapar del calor humedo e insoportable en estos meses.

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Como siempre durante este viaje nunca pude quedarme tiempo suficiente en cada sitio que quise. Tuve que continuar después de 2 noches y de ver a algunos buenos amigos. De Mar del Plata seguí rumbo a Bahia Blanca, ciudad grande donde intenté quedarme pero donde no había absolutamente nada, es increible como una ciudad con costa no explote el menor atractivo turistico en ella.

Ese día seguí hasta Rio Colorado, un pequeño pueblo donde turistas cercanos van a disfrutar de un rio tranquilo, aquí acampé por el menor costo en toda Argentina, tan solo 25 pesos. En el siguiente espacio de camping había otro campista, un muchacho no mayor de 20 años que como muchos otros solo necesitan una carpa, un sleeping y un morral para irse a explorar la Patagonia en el Verano. Viajan pidiendo aventón (auto-stop) en la carrtera a cuanto auto o camión ven y solucionan una comida con un par de empanadas. Vi a muchas personas jóvenes viajando de esta forma, con casi nada de dinero y muchas ganas. Ese ese espiritu aventurero una de las virtudes que más admiro de los Argentinos. Es una virtud que el resto de los latinos deberíamos copiar.

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El siguiente día fue una ruta recta con el sol en mi cara, largos trayectos sin absolutamente nada en la carretera. Se sentía que se acercaba uno a la Patagonia, pues la Patagonia posee una extraña Mezcla de una cierta cantidad de paisajes absolutamente esplendorosos con otra cantidad mucho mayor de luagres donde no hay nada, absolutamente nada qué ver si qué hacer. Lamentablemente son más los segundos y fue esta la razón que me hizo tomar la decisión de bajar a y subir de la Patagonia por la ruta de las montañas y los lagos, a la que muchos llaman la Ruta 40 aunque no toda sea necesariamente sobre la 40, y evitar de todos los modos la ruta 3 de la costa que solo tiene rectas interminables con un viento abominable. Largas rectas y mucho viento, lo que menos busco en un viaje en Moto. Por suerte ya estaba cerca de la Puerta de la Patagonia, una ciudad grande que vive del petróleo donde no hay mayores atractivos turísticos pero que que fue el punto de partida del trayecto más largo de esta aventura: Neuquén, provincia de Neuquén.

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La Posta del Viajero en Moto

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Todos parecían responder igual cuando estando en Buenos Aires me preguntaban cual sería mi próximo destino.
-Azul? Y qué hay que ver en Azul???
-Voy a visitar a un amigo.
-Y donde lo conociste?
-La verdad es que todavía no lo conozco.

Para mí, la posta del viajero en moto era algo así como una de esas historias que a uno le cuentan y uno olvida hasta que se la cuentan de nuevo y entonces uno las recuerda como un sueño. Yo había llegado a Mendoza con Leonardo Noguera a quien conocí en Perú y quien viajó conmigo hasta Buenos Aires, Mendoza era el punto de reunión acordado con mis amigos David McCollam, Wolfgang Heiss y su esposa Fabiola, quienes iniciaron su viaje en moto por Suramérica desde Cuenca Ecuador, unos días antes que yo saliera de la misma ciudad. Como no pudimos hacer coincidir nuestras rutas y cronogramas decidimos encontrarnos y compartir unos días en Mendoza. Estando allí durante una de esas tardes que compartimos entre botellas de buen vino, Wolfgang me dijo contundentemente: “Tienes que ir a Azul”, y luego me contó esa historia que alguna vez yo había leído y que ahora quiero compartir con ustedes.

Esta historia se trata de un par de personas maravillosas. Jorge y Mónica Cuatrochio. Jorge y Mónica están casados y viven en Azul, una ciudad 300 kilómetros al sur de Buenos Aires. A primera vista Azul es una ciudad como cualquier otra en Argentina, tiene unos 60.000 habitantes, como muchas otras vive del agro y la ganadería, es tranquila y como atractivo principal tiene un balneario municipal muy lindo construido directamente el rio (no son piscinas) hace más de 100 años y que mide unas 6 hectáreas, tiene playas con salvavidas incluidos y como es municipal no tiene costo, pues en Argentina, hay una gran cantidad de cosas buenas que son gratuitas.

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Pero Azul tiene algo más, es la Meca de los viajeros en moto por Suramérica, un lugar al que uno debe ir cuando realiza una travesía de estas. La razón es que allí existe ‘La Posta del Viajero en Moto’. Pero no sería justo describir a La Posta como un simple lugar, porque la Posta es en realidad un sueño, un sueño que tuvo Jorge y un grupo de amigos hace casi 20 años: Un lugar para que los motociclistas se encontraran, descansaran de su viaje, compartieran experiencias y dejaran una huella de sus pasos. Para eso Jorge y Mónica abrieron literalmente las puertas de su casa para que todos los viajeros en moto pudieran llegar y alojarse, habilitaron una parte de la casa como un pequeño Club, hay una cocina equipada, un amplio comedor con música, juegos de mesa, libros, una parilla para hacer asados, un pequeño taller, un cómodo baño con agua caliente y amplias zonas verdes donde los motociclistas pueden acampar. Pero más allá de las instalaciones La Posta posee algo increíble: no hay –literalmente- un espacio libre en cada uno de sus sencillos muros, paredes, puertas y ventanas, todas ellas estás llenas de recuerdos dejados por quienes por allí alguna vez pasaron. Es como un pequeño templo, detrás de cada dibujo, de cada letrero, de cada objeto, de cada foto, hay un recuerdo invaluable de alguien que creyó que cumplir un sueño era posible. Y eso es la Posta para mí, un museo de los sueños, pero no de los suelos inalcanzables sino de los sueños que se pueden cumplir y que todos nosotros estamos en capacidad de realizar. Ver todas estas historias plasmadas por doquier en un mismo lugar es algo que te inspira a seguir adelante, a seguir rodando y a llegar hasta la meta propuesta.

La historia –la que conozco- fue más o menos así, “El Pollo” como cariñosamente le dicen a Jorge, tenía (y tiene) un grupo de amigos apasionados por las motos que se reunían continuamente en su casa, detalle que parece obvio luego de conocer a Jorge porque él es como un imán que atrae amigos. Bueno, un día pasaba por Azul un japonés loco –uno de varios a lo largo de los años- que estaba recorriendo Suramérica en una scooter. Al parecer el japonés fue detenido por la folclórica policía argentina que lo quería meter en problemas para sacarle dinero. Alguien que vio lo que estaba pasando, enfrentó a los policías, les quitó al japonés de las manos, y luego lo llevó a la casa de Jorge donde lo recibieron y hospedaron como a un amigo. Ese japonés fue el primer huésped de La Posta -que aun no había nacido-, y eso alimentó una idea que ya tenía Jorge de crear un lugar donde los motociclistas de todo el mundo pudieran llegar, un lugar donde pudieran compartir sus experiencias y de paso tomar un descanso en el camino. Y durante estos casi 20 años han sido muchos, cientos, los motociclistas de todas partes del mundo que por allí han pasado, han tendido su carpa y se han quedado compartiendo con Jorge, Mónica y el grupo de amigos de la Posta.

Jorge y Mónica no son personas adineradas, al contrario, como la mayoría de los argentinos y suramericanos son personas que todos los días salen a trabajar para vivir, y esto hace de la Posta un lugar como ningun otro: ha sido fruto del trabajo, del esfuerzo, de la dedicación y de la generosidad de una pareja cuyo mayor capital es tener un corazón muy grande. Casi todo lo que hay en posta lo ha hecho Jorge con sus manos en su tiempo libre. Y después de casi 20 años el sueño no termina, Jorge regresa todos los días de su trabajo para seguir trabajando, actualmente su plan es la construcción de unas habitaciones donde piensa acondicionar unos dormitorios para que los viajeros tengan la posibilidad de dormir adentro y evitar acampar cuando solo se quedan por un día, pues cuando se viaja en moto, acampar por una sola noche es algo que cansa mucho. Casi todos los materiales que usa Jorge en la construcción han sido donados, desde ladrillos hasta puertas, todo lo que donen sirve y todo es util. Pero aparte de los materiales se requiere una gran cantidad de trabajo, trabajo que Jorge aporta en su tiempo libre con una energía y una pasión inagotables. Jorge me decía un dia que su sueño es que hubieran postas en muchos otros lugares, y yo le repliqué que eso sería muy dificil porque lo que hacía de la Posta algo unico, por sobre todas las cosas, era su vocación, esa genuina capacidad de dar desinteresadamente, algo que ya casi no existe. Y es que no había mencionado algo antes: Alojarse en La Posta no tiene costo, no hay fines de lucro. Se sugiere una contribución diaria –irrisoria- para ayudar con los gastos que no son pocos, y por supuesto se reciben donaciones las cuales también ayudan a que la posta pueda seguir funcionando y recibiendo más viajeros, pero el motor, el motor de todo, es la pasión de Jorge por lo que hace.

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Son innumerables las historias que han pasado y han surgido en la Posta, historias inspiradoras sobre grandes aventuras y largos viajes, historias de viajeros que se convirtieron en amigos a lo largo de los años y cuyos lazos permanecen en el tiempo, así como también historias conmovedoras como la de Toshiko Noro, historia que pensaba contar pero que prefiero que escuchen de la voz del pollo en este video que encontré en internet, y de paso viendo el video se darán cuenta que no exageran quienes decimos que’el pollo’ es puro corazón.

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Dedico estas pocas líneas a Jorge y Mónica, quienes siempre tendrán mi gratitud y mi cariño

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