La Patagonia Infinita – I

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Pareciera que no se fuera a acabar nunca. Atrás había quedado la Patagonia escénica de los lagos y las montañas forradas de pinos. Ante mí se extendía una pampa, una llanura semidesértica que parecía infinita. Seguí con mi plan de seguir por la ruta interior paralela a la cordillera y no por la costa, el pavimento comenzó a escasear por la ruta 40 y sus conexas. Junto con los caminos de tierra y ripio llegaron también las lluvias, los días que ya venían grises se hicieron más fríos y húmedos.

Me acercaba a los días más difíciles del viaje, cruzar las interminables extensiones del sur de la Patagonia, con cientos de kilómetros por rutas de ripio, rutas que se hacían más difíciles por las inclemencias del clima y por la incertidumbre que generaba el desabastecimiento de combustible, entre más me acercaba al sur más difícil se hacía llenar el tanque.

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No se veía el mejor trayecto para recorrerlo solo y justamente solo me encontraba. Pero quiso la suerte que no fuera por mucho tiempo. El mismo día que llegué a Rio Mayo, el pueblo donde terminaba el pavimento y la ruta 40 se volvía mucho más interesante, me encontré con una moto de matrícula Colombiana estacionada en la gasolinera. Su dueño se encontraba tomando un café y estudiando los mapas de su ruta. Era un hombre de unos 50 años o más, de baja estatura, delgado, de sonrisa amplia y honesta, sus pocos cabellos eran plateados, su fisionomía definitivamente no era latina y no hablaba casi nada de español. Su nombre era Amzah y se convertiría no solo en mi compañero del viaje por varios días sino también en un gran amigo. Era inevitable preguntarse, ¿qué hacía un Malayo, en una moto Colombiana, en un pueblo en la mitad de la Nada en la Patagonia Argentina? Pues supongo que simplemente lo mismo que hacía yo, tratando de hacer lo más con el tiempo que tenemos. Fue una suerte mutua encontrarnos, yo tendría una mano amiga por si mi –endemoniadamente- pesada moto se enterraba en el barro -como pasaría al día siguiente, él tendría alguien que hablara español para facilitar su viaje y ambos tendríamos compañía en los largos días que nos esperaban.

Al siguiente día salimos de Rio Mayo (provincia de Chubut) con destino a Perito Moreno, pero no el glaciar que está mucho más al sur, sino el pueblo. Era un trayecto corto de uno 100 o 150 kilómetros, pero no sabíamos si en el siguiente ‘pueblo’ (aparecía en el mapa pero no era un pueblo sino un par de casas con una estación de gasolina) que se encontraba a otra distancia igual, habría alojamiento.

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Había llovido durante la noche y el ripio se mezclaba con el barro y con las obras civiles, no faltará mucho, a lo sumo un par de años para que la ruta 40 se encuentre toda pavimentada. Llegamos sin mayor percance a Perito Moreno y aunque era muy temprano decidimos quedarnos ahí pues no sabíamos si había alojamiento en Bajo Caracoles, y el clima se veía mal hacia el sur.

Encontramos hotel fácilmente. Algo curioso del hotel ‘Santa Cruz’ era el espléndido salón del modesto lugar, era Salón, comedor y bar, un lugar congelado en el tiempo, que en la tristeza de su ocaso reflejaba aun algo del esplendor de otros tiempos. El salón es considerado patrimonio y es un lugar en el que vale la pena tomarse un trago para ver como solían ser los bares de los pueblos remotos de la Patagonia. Por alguna extraña razón no encontré fotos.

Tuvimos tiempo ese día para desviarnos hacia la frontera con Chile y Conocer un lindo lugar llamado ‘Los Antiguos’, pueblo que se encuentra justo en el lago ‘Buenos Aires. Hay una vista muy bonita del valle y el lugar es más lindo y más turístico que perito Moreno.

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Al siguiente día salimos temprano. La carretera no estaba tan mal porque tenía mucho ripio, es curioso como esa piedra suelta (o gravilla) que uno maldice cuando rueda por caminos que están secos (pues lo hace a uno derrapar) se vuelve una bendición cuando llueve, uno ruega por encontrar piedras entre el barro para encontrar algo de agarre. Yo rogaba por ver piedras entre tanto barro. Como la carretera la estaban pavimentando habían trayectos con algunas capas de pavimento e ilegalmente nos metíamos para evadir el barro hasta que una camioneta de la empresa contratista amablemente nos sacó de ahí para regresarnos a la ruta paralela, en algunos casos era difícil encontrar los desvíos porque se cruzaban otros camino que iban a estancias, en algún momento tomé por error una ruta elevada con muchas piedras grandes y sueltas en lugar de tomar el desvío oficial, tenía un barranco de 5 metros a la derecha y casi no puedo regresar cuando ese camino, usado por alguna retro-excavadora, se volvió intransitable.

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Queríamos visitar la famosa cueva de las manos, que se encontraba a unos 10 kilómetros desviándose de la ruta 40, pero nos encontramos con un grupo de Saudíes en sus BMW alquiladas que nos hicieron desistir de la idea, la cantidad de barro en sus motos (sin ningún equipaje pues todo lo llevaba en una camioneta 4×4) evidenciaba lo malo del camino.

Después unos de 130 kilómetros llegamos a Bajo Caracoles, que era literalmente una casa en la mitad de la nada –donde funciona un hostal cuya existencia desconocíamos y un mini-mercado donde comprar comida y tomarse un café-, había un dispensado de gasolina al frente y otra construcción más abajo. Debe ser el asentamiento humano más pequeño que jamás he visto. Como se esperaba no había gasolina, no se veía nada alrededor por la neblina y el viento soplaba fuerte. Ahí ya se sentía la lejanía y la soledad de estar en ninguna parte.

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Seguimos. Lo peor del camino no era la ruta en si sino los desvíos que habilitaban para no utilizar el pavimento en construcción, hasta que llegó lo peor, vimos un desvío que evadía unos 400 metros de una curva, y bajaba y subía en forma de hondonada y estaba cubierto por barro, veníamos muy rápido para haber tomado el pavimento aunque fuera solo por esos 400 metros, el problema fue que se les olvidó rociar piedra a ese tramo y era un completo barrizal, bajé la velocidad al mínimo para no caerme, Amzah me pasó un poco más rápido y a los 100 metros estaba en el suelo. En ese momento decidí detenerme para ayudarlo, lo cual fue un error, porque nos tomaría 2 horas sacar mi moto de ahí. Llegué exhausto tras caminar los 100 metros por ese barrizal –tan solo caminar era difícil –, Amzah estaba muy emocionado por tomarse su primer foto con la moto en el piso, su actitud en ese momento describiría su carácter, estaba muerto de la risa, como un niño que había cometido una travesura con su bicicleta nueva. Levantamos su moto, y como era mucho más liviana que la mía, pudo sortear la salida de la hondonada de regreso al pavimento sin problema. Para sacar la mía tuvimos que descargar todo el equipaje, el empujando y yo conduciendo a menos 1 kph, por alrededor de una hora. Casi quemo todo el embrague por el esfuerzo de los discos del clutch patinando en primera, y la llanta delantera se bloqueaba por el barro. Cuando ya nos libramos de lo peor del barro y el terreno estaba mejor, aceleré para sacar la moto al pavimento siguiendo las huellas que dejaban las camionetas –las cuales patinaban como si el piso fuera de jabón- , pero cuando estaba cerca tomé una huella equivocada y la llanta delantera simplemente ‘se fue’ de lado y terminé en el piso.

Luego de sacar ambas motos nos tomó otra hora quitarles a las motos cuanto barro pudimos con ramitas, palitos y lubricante de cadena. Acabamos de recorrer los 400 metros más difíciles de todo el viaje, estábamos cansados pero también satisfechos, habíamos sorteado algo difícil y estábamos listos para continuar.

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Unos kilómetros más adelante encontramos algo de inspiración, una bella rubia de unos 30 años viajando sola en su BMW en sentido opuesto al nuestro. Su nombre era Ania Jackowska, era polaca y estaba, algo así, como dándole la vuelta al mundo en su moto, y sola. Un verdadero ejemplo de pasión y determinación. Y qué bueno encontrarla, le dijimos que olvidara el barro y tomara cuanto pavimento en obra quisiera, pues ningún contratista Argentino le diría que no a una linda rubia Europea como ella.

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Esa noche dormimos en Gobernador Gregores, tratando de descansar lo más posible, al día siguiente nos esperaba un largo trayecto de ripio, unos 150 kilómetros. Ese nuevo día nos recibiría con un regalo singular, una vista imponente y maravillosa del famoso ‘Cerro ventana’.

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