La Patagonia Indómita

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La Patagonia se presentó ante mí de una forma caprichosa, esquiva, como si tuviera voluntad propia y jugara conmigo a impedir que la descubriera completamente. El clima, voluntarioso e imprevisible, cambiaba constantemente. Las frases que comentaban que los días estuvieron soleados hasta poco antes antes de mi llegada se hicieron comunes en todas partes. Sería injusto aludir mal clima, como al parecer si lo tuvieron tantos motociclistas que fueron y vinieron antes y después de mí, simplemente la Patagonia me mostraba sus múltiples caras, indomable y temporalmente a veces, dócil y acogedora en otras.

Cuando uno se imagina esa Patagonia deslumbrante llena de lagos y montañas cubiertas por pinos, en realidad está pensando en una pequeña parte de ella, la región de los lagos que se extiende paralela a la cordillera de los andes desde la provincia de Neuquén y que comienza a desaparecer cuando se deja atrás el Bolsón y Esquel, para luego resucitar una vez más mucho más al sur en los impresionantes paisajes de la provincia de Santa Cruz. Esta es la Patagonia turística, la de las postales de lugares como Bariloche y San Martin de los Andes. El resto de la Patagonia son vastas planicies y pampas semi-desérticas donde mayormente no hay nada, por lo menos nada para vender a los turistas.

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Había dejado atrás Neuquén buscando la ruta más corta hacia Junin de los Andes, que es tomar la ruta 237 hacia el sureste y después tomar la 40 hacia el noreste. Un par de cientos de kilómetros de pampas y montañas desérticas, solo un pueblo en la ruta Piedra del Águila donde todos recargan el máximo de la preciada gasolina que durante mi viaje escaseaba en toda la Argentina pero especialmente en el sur, región que curiosamente es la que más petróleo produce.

La falta de gasolina contrastaba con una abundancia en todo lo relacionado al turismo, incluso cada pequeño pueblo en la Patagonia tenía una muy buena oficina de información turística con mapas gratuitos y bastante información de la zona. Alojamiento por doquier, desde lugares para acampar hasta las comodidades más mundanas. A esto se le sumaba una crisis del turismo causada en una parte por las cenizas del volcán Puyehue que afectó gran parte del turismo de lugares fascinantes como Villa la Angostura (el lugar que mayor sufrió la caída de ceniza) y disminuyó el número de turistas en casi toda la Patagonia, y en otra parte por los medios de comunicación que exageraron el impacto de las cenizas. La sobreoferta de alojamiento había hecho bajar los precios de los hoteles, no había que preocuparse por encontrar lugar para alojarse ni por encontrar una mesa libre en un restaurante o una silla en un bar.

Junín de los Andes es la primera parada en la Patagonia, no tiene la belleza de San Martin de los Andes, pero tampoco tiene tanta gente, es más pequeño, más tranquilo y menos maquillado de chalets suizos y de menús en otros idiomas. Este es el lugar para sentarse con un mapa y planear la ruta con una taza de café.

San Martin de los Andes es el destino favorito de muchos argentinos, es muy lindo pues está enclavado entre montañas tupidas de bosques y lo baña un lago con una pequeño muelle y una playa. Pese a que vive del turismo no tiene una atmósfera presuntuosa ni agobiante. Es un lugar que verdaderamente vale la pena conocer.

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En San Martin comienza un recorrido famoso en la Patagonia, el cruce de los 7 lagos que termina en Villa la Angostura, hasta hace poco solía ser una carretera de ripio que ahora, lastimosamente está siendo pavimentada, algo que le quita un poco del encanto. Son 110 kms entre lagos y montañas, lamentablemente el esplendor de estos paisajes fue opacado por un cielo gris que al inicio parecían nubes, y lo eran, pero de ceniza. Aun así fue una ruta increíble que quisiera recorrer de nuevo.

Por lo que uno puede inferir del paisaje, es posible que antes de la erupción del volcán Puyehue, Villa la Angostura fuera el lugar más despampanante de la Patagonia, o por lo menos uno de los más. Ya no habían cenizas cubriendo autos como lo hace la nieve en una tormenta de invierno, pero aun cae ceniza ocasionalmente dándole un matiz gris al pueblo. Se sentían las cenizas en el aire. Recuerdo que mi almuerzo en Villa la Angostura fue particularmente bueno, creo que valdría la pena regresar así fuera solo para comer en el mismo lugar. De ahí serían un par horas hasta Bariloche por una ruta pavimentada bordeando un par de lagos.

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Bariloche me decepcionó terriblemente, tanto de ida como de vuelta. Es cierto que en ambas ocasiones el clima me jugó una mala pasada pues estaba tan nublado que no se veía casi el inmenso lago que estaba al frente. Intenté disfrutar de la ciudad pero tampoco encontré nada interesante, muchos restaurantes y muchos bares pero nada verdaderamente auténtico. Bariloche es el perfecto ejemplo de la sobre explotación turística que tanto intento evitar, cuando se puede. Lo único que me gustó de Bariloche fue en que en la pequeña plaza den centro cívico, ese lugar que sale en tantas fotos y donde todos los turistas se toman fotos con los San Bernardo, hay un monumento al General Roca. Pero lo que me gustó es el estado del monumento, irrespetado con grafitis y pintura, en un claro ejemplo de la nueva conciencia de los argentinos, especialmente los jóvenes, que no entienden ni aceptan porqué en pleno siglo XXI se aun se le rindes homenajes a personajes siniestros e infames como Roca, considerado por muchos años -por el establecimiento y por la educación retardataria- como un héroe, cuando en realidad no fue más que un genocida, un asesino sanguinario al servicio de los intereses de los más ricos de su tiempo que encendidos por la ambición y en contra de las leyes emprendieron una campaña de exterminio de todas las naciones indígenas de la Patagonia. Miles de indígenas asesinados en las 2 campañas de terror, miles objeto de los más terribles vejámenes y torturas. Y pese a que todos saben que pasó, el causante directo del exterminio, el genocida, tiene un monumento en Bariloche.

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Solo estuve una noche en Bariloche y partí rumbo al sur, para después de un día de camino llegar al que sería, de lejos, mi lugar favorito en toda la Patagonia, un lugar que se me marcó profundamente en el corazón y en los recuerdos como “mi lugar” en el sur, un lugar al que creo que siempre querré volver. Prueba de mi amor a primera vista fue el hecho que todos los días que estuve estuvieron nublados, y no solamente no le restó encanto sino que su belleza fue acentuada. Los días grises y lluviosos creaban una atmosfera única y acogedora. No sé si fue la onda hippie, las cervezas artesanales, el folklor, las montañas al frente, ese lindo valle pasando la colina o los caminos que forman ese precioso circuito a su alrededor, o si simplemente fue un amor irracional por un lugar que sentí como propio tan pronto como llegué. Como fuera, fue difícil dejar El Bolsón.

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Categories: — 12′ Southamerica – 07 Argentina South | Leave a comment

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